Publicado en la Revista Mente Sana.
¿Qué entendemos por una personalidad rígida? ¿Cómo se llega a desarrollar? ¿Qué función cumple la rigidez? y, sobre todo, ¿qué podemos hacer para liberarnos de ella? Estas son algunas de las cuestiones que trataré de desarrollar a continuación. Vayamos con la primera cuestión, cuál es el modo de funcionamiento que define a una personalidad rígida. J. Sabina en una de sus canciones nos dice que “la vida no es un bloc cuadriculado, sino una golondrina en movimiento”.
Pero la personalidad rígida, más que como una golondrina, es como un tren que necesita continuamente desplazarse por la vida sobre unos raíles bien definidos. Son personas que suelen someterse continuamente a horarios, planificaciones y normas. Son muy ordenadas y se irritan con facilidad si les cambian las cosas de sitio. Muestran una preocupación excesiva por los detalles. Tienen un elevado sentido de la moral y la disciplina, mostrándose en ocasiones un tanto intransigentes con los planteamientos de sus semejantes. Manifiestan una gran conciencia jerárquica, siendo muy responsables con los cargos que están por encima de ellos y exigentes con los que están por debajo. En los conflictos interpersonales se muestran obstinados en la defensa de sus planteamientos, costándoles mucho realizar concesiones al punto de vista del otro, tendiendo al control, sobre todo racional, de la otra persona. Su pensamiento suele ser dicotómico, tienden a ver las cosas como blancas o negras, buenas o malas, costándole siempre encontrar el punto medio. En sus hábitos también se puede apreciar las particularidades de su personalidad, ya que suelen ir siempre a los mismos sitios, comer las mismas comidas, realizar los mismos trayectos, seguir con los rituales de costumbre, etc. por lo que, por ejemplo, estando de vacaciones en un país con una cultura distinta, no suelen aventurarse a explorar sus tradiciones, música, comida, costumbres, etc.
Posiblemente, después de haber leído estos modos de funcionamiento característicos de la personalidad rígida, te sientas identificado con alguno de ellos, tal vez con varios, pero no debes preocuparte, lo cierto es que, en el fondo, todos tenemos un poco de todos; somos un poco “cuadriculados” y un poco “golondrinas”.
Ahora, respondiendo a nuestra segunda pregunta, cómo se llegan a desarrollar estos rasgos de personalidad, quiero contar un interesante experimento se realizó hace ya un tiempo en la universidad de medicina de Harvard. En él se tomaron a dos grupos de gatitos y se los crió dentro de sendas habitaciones hasta que fueron adultos. Una de ellas tenía las paredes pintadas con rayas verticales, y la otra con rayas horizontales. El resultado de esta investigación fue que los gatitos de cada grupo, cuando fueron adultos, “sólo veían” del mundo aquello que era similar perceptivamente a la verticalidad o a la horizontalidad, su sistema nervioso se había configurado en función de lo que habían visto desde cachorros, de forma que lo que no era igual a lo aprendido por ellos, simplemente no entraba dentro de su campo de conciencia; se habían vuelto muy rígidos perceptivamente.
Al igual que estos gatitos, todos nosotros hemos sido criados en una “habitación” especial, la de la familia y la del colegio. En estos espacios es donde principalmente hemos incorporado toda una serie de aprendizajes, unos “horizontales” y otros “verticales”, que en gran medida han configurado nuestra particular visión del mundo, constituyéndose en ocasiones en unos esquemas rígidos de pensamiento que comportan unas formas de sentir y proceder, con uno mismo y con los demás, asimismo rígidas.
Un ejemplo concreto acerca de cómo se construyen estos modelos limitantes y rígidos de funcionamiento lo pude ver en una sesión de terapia cuando atendí a unos padres que acudieron con su niño de cuatro años. Mientras la madre me informaba acerca de ciertos tics que manifestaba su hijo, (los entendí como los síntomas del niño ante la rigidez y excesivo control que ejercían sobre él los padres) éste estaba en el suelo jugando con un camión de plástico. El niño empezó a quitarle la cabina, las ruedas, el remolque, el chasis, etc. y a jugar con las piezas por separado. Al verlo el padre llamó la atención del niño diciéndole que tenía que cuidar el juguete, que no estaba bien romperlo, por lo que se lo quitó de las manos y empezó a montarlo de nuevo. En ese momento me dirigí al niño y le dije: - ¡Ah, el papá no entiende que no estás rompiendo nada, sino que eres muy curioso y creativo!- El padre me miró un tanto sorprendido y me preguntó si debía dejar que el niño rompiese el juguete. Para este padre, el niño estaba “rompiendo” el juguete y, en función de esta interpretación que realizaba de la conducta de su hijo, valoró conveniente recriminarlo por su acción. Sin embargo, desde la mentalidad del niño, él no estaba rompiendo ningún juguete, simplemente estaba escudriñando, desestructurando, explorando e investigando su mecanismo con el fin de comprenderlo mejor. ¡Estaba moviéndose como una golondrina! Para el padre, con una visión un tanto más cuadriculada, un camión es un camión y sirve para transportar materiales, por lo que tiene que estar completo para poder desempeñar dicha función. Para el niño este juguete era un camión y además descubrió que, por separando, el remolque podía convertirse en una hermosa casa, la cabina en una impresionante maquina espacial, las ruedas en un veloz patinete y el chasis en un estupendo carro. El niño veía en el camión infinitas posibilidades porque no utilizaba todavía esquemas mentales acerca de cómo deben ser la cosas, acerca de cómo es la realidad, mostrando así una actitud falta de rigidez que le confería una enorme creatividad y plasticidad.
En respuesta a su pregunta acerca de si debía dejar que rompiese el juguete, le dije: - Cuando Pablo Picasso dijo que “a los cinco años ya sabía pintar como Velázquez, pero que le llevó toda una vida aprender a pintar como un niño”, creo que se refería a esta bella flexibilidad cognitiva que está mostrando tu hijo, a su infinita curiosidad y apertura ante el mundo. Tal vez conozcas una escultura suya - le dije - que está hecha con el sillín y el manillar de una bicicleta. Es una composición en la que el artista utiliza el sillín a modo de testuz de un animal, y el manillar, colocado encima del sillín, hace las veces de cuernos, de forma que en el resultado final se aprecia claramente la cabeza de un toro. Sabes,- le comenté - una de las características de la personalidad de los grandes genios es que manifiestan una gran flexibilidad cognitiva, así, mientras todos vemos en estos dos elementos simplemente un sillín y un manillar de bicicleta, Picasso, cual niño con una visión tierna y desprejuiciada del mundo, veía la cabeza de un toro, y tu hijo, cual pequeño Picasso, ve en ese camión una nave espacial y muchas más cosas que tú y yo, desgraciadamente, ya no alcanzamos a ver con la misma facilidad que de niños, pero que podemos recuperar en este preciso momento si nos permitimos flexibilizarnos y abrirnos a la lección que tu hijo nos está enseñando. Es mucho mejor que nosotros nos flexibilicemos como él, que no que él se vuelva más rígido como nosotros, ¿no crees?
Nuestra tercera pregunta, qué función cumple la rigidez, la podemos responder recordando el comportamiento de los cardenales que fueron invitados por Galileo a observar por su telescopio para confirmar sus hallazgos y nuevas teorías acerca del cosmos. Como sabemos, algunos se negaron a mirar por el mismo arguyendo que no era posible que sus planteamientos fueran correctos, pues según ellos, chocaban frontalmente con los principios mantenidos en la biblia. Abrirse a la posibilidad de que Galileo estuviera en lo cierto les producía tal zozobra y sensación de caos, que la rigidez de su postura, no querer siquiera mirar por el telescopio, les permitía conservar una “falsa seguridad”. Así, podemos decir que el objetivo principal que perseguimos cuando nos movemos de forma rígida, es el de sentirnos seguros ante la creencia de que lo tenemos todo controlado, motivo por el cual la apertura a la experiencia y la novedad la vivimos como un riesgo.
Para responder a nuestra cuarta y última pregunta, qué podemos hacer para flexibilizarnos y liberarnos de la rigidez, me gustaría contar un hermoso cuento popular de la india. Cuenta la historia que tres ciegos solían competir por ver cuál de ellos era el más sabio. Un día no alcanzaban un acuerdo acerca de cuál era la forma exacta de un elefante, así que salieron a la selva en su búsqueda y no pararon hasta que se toparon con uno que estaba sentado a la orilla de un río. El primero de los ciegos chocó de frente con el costado del animal y concluyó que éste era exactamente como una pared de barro secada al sol. El segundo tocó dos objetos muy largos y puntiagudos que se curvaban por encima de su cabeza, los colmillos, concluyendo que un elefante era exactamente como un par de lanzas curvas. El tercero agarró la trompa del animal y, al tocarla, confirmó sin ningún lugar a dudas que este animal era como una larga serpiente pero peluda. Cuando se sentaron los tres para compartir sus descubrimientos, todos creían poseer la verdad, por lo que, en lugar de aprender de sus compañeros, en lugar de flexibilizar sus posturas e integrarlas con las de sus amigos, fueron radicalizando sus posicionamientos y volviéndose cada vez más rígidos, de forma que se fueron todos enfadados, cada uno por su camino, convencidos de que los otros dos estaban equivocados y no sabían nada respecto de la forma de un elefante.
Cada persona posee una percepción subjetiva del mundo la cual le confiere una parcela de verdad sobre la realidad. Si somos capaces de escuchar la verdad de nuestra pareja, hijos, amigos, etc., si nos interesamos verdaderamente por comprenderlos y ver la vida desde su óptica, si nos abrimos a otros pueblos y culturas distintas a la nuestra con una actitud verdaderamente interesada y respetuosa, entonces, lejos de perder nuestra identidad o verdad del mundo, (a veces tan corta de miras como creer que un elefante es como una serpiente, pero con pelos) podremos alcanzar un entendimiento más amplio y completo acerca de la realidad. Las actitudes rígidas nos lleva a una lucha estéril por convencer, dominar y controlar, tanto a los otros como a nosotros mismos, pero si aprendemos a flexibilizarnos y adquirir esa apertura innata que muestran los niños, podremos conseguir unirnos a nuestros prójimos en la búsqueda de una verdad más elevada, lo cual nos convertirá a todos en seres más sabios, más ricos internamente, confiados, cercanos, respetuosos y solidarios, que es, justamente, en lo que consiste el arte de convertirse en persona.




